LINUS PAULING, ARQUITECTO DE MOLÉCULAS - LINUS PAULING, ARQUITECTO DE MOLÉCULAS - Academia de Ciencias de la Región de Murcia
Pensándolo bien...
En febrero de 1953, Linus Pauling creyó haber alcanzado una de esas cimas reservadas a muy pocos científicos, como lo es explicar la estructura del ADN, la molécula donde la vida conserva y transmite su memoria. No era una ambición desmesurada. Pauling llevaba décadas penetrando en la arquitectura íntima de la materia y había conseguido transformar la química en una ciencia espacial, electrónica y profundamente cuántica. Allí donde otros veían fórmulas, él veía geometrías; donde aparecían simples enlaces, imaginaba distribuciones de carga, ángulos, resonancias y probabilidades.
Su autoridad era enorme. The Nature of the Chemical Bond, publicado en 1939, había cambiado la manera de comprender las moléculas. Pauling consiguió tender un puente entre la mecánica cuántica y la química experimental, mostrando que la forma y las propiedades de una sustancia dependían de la organización de sus electrones. Conceptos hoy familiares, como la hibridación de orbitales, la resonancia, la polaridad de los enlaces o la electronegatividad, encontraron en su obra una formulación extraordinariamente fecunda.
Por eso resultaba comprensible que quisiera resolver también el ADN. Junto con Robert Corey propuso una triple hélice en la que los grupos fosfato quedaban situados hacia el interior. El modelo tenía elegancia, pero contenía un problema fundamental, pues los fosfatos poseen carga negativa y, colocados tan próximos, se repelían con una intensidad difícil de justificar. La hermosa arquitectura no resistía la química que pretendía explicar.
Pocas semanas después, Watson y Crick presentaron la doble hélice, apoyándose de manera decisiva en los datos de difracción de rayos X obtenidos por Rosalind Franklin y en los trabajos desarrollados en el King’s College. Pauling había fallado. Y, sin embargo, aquel fracaso no empequeñece su figura. Al contrario, recuerda una de las leyes más nobles de la ciencia, “ninguna reputación, por grande que sea, puede obligar a la naturaleza a aceptar una estructura equivocada”.
Su verdadera grandeza estaba ya consolidada. Pauling había explicado como pocos la naturaleza del enlace químico y había abierto una nueva manera de pensar las moléculas biológicas. En 1951, junto con Corey, describió la hélice alfa de las proteínas, mostrando cómo los enlaces de hidrógeno podían estabilizar estructuras regulares en las cadenas polipeptídicas. La vida comenzaba a revelarse no como una excepción misteriosa a las leyes de la materia, sino como una de sus construcciones más refinadas.
Dos años antes, en 1949, había contribuido a otro salto conceptual extraordinario al estudiar la anemia falciforme. Pauling y sus colaboradores demostraron que la hemoglobina alterada poseía propiedades diferentes de la normal y hablaron de una “enfermedad molecular”. Aquella expresión anticipaba buena parte de la medicina contemporánea: comprender la enfermedad descendiendo hasta las moléculas, las proteínas y, finalmente, los genes.
En 1954 recibió el Premio Nobel de Química por sus investigaciones sobre el enlace químico y la estructura de sustancias complejas. Más tarde amplió su compromiso intelectual hacia un terreno distinto. Su oposición a las pruebas nucleares atmosféricas y su defensa del desarme le valieron el Premio Nobel de la Paz de 1962. Quedó así convertido en una figura excepcional, con dos premios Nobel recibidos individualmente, uno por comprender mejor la materia y otro por intentar proteger la vida amenazada por el poder que la ciencia había contribuido a liberar.

1975. Linus Pauling en el centro en la parte de detrás en la Autonoma de Madrid, con un conjunto de investigadores en Química Cuántica, todos brillantes profesionales, bajo la dirección del Dr. Fernández Alonso (segundo a la izquierda de Linus Pauling) . El autor figura entre los agachados, el segundo por la izquierda.
Incluso sus controversias posteriores, como la defensa de altas dosis de vitamina C, muestran que su trayectoria no fue lineal, pero si fue brillante, arriesgada, discutida y siempre impulsada por curiosidad intelectual.
Conocer personalmente en los años setenta a Linus Pauling en la Universidad Autónoma de Madrid fue, para mí, encontrarse con alguien que pertenecía ya a la historia de la ciencia. No era solamente estrechar la mano de un premio Nobel. Era aproximarse a quien había enseñado a generaciones enteras de químicos a mirar una molécula de otra manera.
Con el tiempo, ese recuerdo ha adquirido un significado todavía mayor. Pauling representa la audacia de proponer grandes estructuras y también la humildad inevitable de ver cómo alguna de ellas se derrumba. Representa al científico capaz de acertar de forma memorable y equivocarse de forma instructiva.
Quizá esa combinación defina mejor que cualquier homenaje la verdadera ciencia. No consiste en poseer siempre la respuesta correcta, sino en construir modelos suficientemente precisos para que la realidad pueda aceptarlos o destruirlos. Pauling levantó algunos de los modelos más hermosos y duraderos del siglo XX. Cuando uno estudia hoy enlaces, proteínas, electronegatividad o enfermedad molecular, todavía recorre, muchas veces sin advertirlo, los pasillos de aquella inmensa catedral intelectual que él ayudó a construir.
Sopa de letras: LINUS PAULING, ARQUITECTO DE MOLÉCULAS
Soluciones: CUANDO LAS MAQUINAS HAGAN CIENCIA