Pensándolo bien...
Hace años, cuando la recién nacida Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Murcia, que creo que todavía no se denominaba así, pero quería darse a conocer, tuvo la fértil idea (ciertamente no sé de quién fue la paternidad, pero bien pudiera ser de José Manuel López Nicolás, inteligente donde los haya) de, entre otras iniciativas, poco comunes, poner en marcha algo que duró muy poco y se diluyó como un azucarillo, quizás porque exigía atención especial, trabajo y dedicación y se esfumó en cuanto algunos pocos expusieron sus propios libros, sin reparar que en un club de lectura científica la biblioteca rebosa de obras de interés. Se trataba de un aula de lectura científica y se confeccionó una lista de obras y al dar publicidad, los interesados se sumaban, según sus preferencias, a la lectura de las distintas opciones presentadas. Un lector avisado hacía de guía y coordinaba la lectura de una las obras escogidas. Me sumé desde la convicción de que era una excelente iniciativa y propuse una obra, recién aparecida entonces, titulada el Jazz de la Física, rótulo fuera de lo común y de contenido excepcional en el que el autor Stephon Alexander, nos lleva por los devaneos de su propia carrera científica como científico de élite en el ámbito de la astronomía-cosmología y nos participa de los hechos más destacados, incluida su aportación del modelo de Universo acordeón. En mi caso, no fue cosa de un día, ni de una semana, sino de varios meses. Muchos asistentes interesados. Leíamos capítulos y poníamos en común las lecturas y disfrutábamos del debate que se generaba. Tanto por el número de asistentes, como del interés evidenciado, no llego a entender por qué aquella iniciativa del Aula de Lectura Científica, no siguió adelante. Lectura y debate siguen siendo las pautas más saludables para avanzar y fundamentar conocimientos y formación de espíritu crítico. Es posible que sea la forma ideal de divulgación, con incidencia muy por encima de la publicidad a que se limitan la mayor parte de iniciativas que se rotulan como divulgación. Una lectura reposada, implica penetrar en el contenido con detalle y exige del guía una buena preparación para cumplir con el cometido. A lo mejor es esta la razón de la desaparición. Las cosas de interés cuestan, organizarlas y realizarlas, pero el retorno es insuperablemente superior.
En todo caso, me quedó prendida la audacia de Stephon Alexander al hacer convivir jazz y Física con la fluidez del que entrega su vida al descubrimiento y solo da concesión eventual para recargar la dosis de imaginación que requiere el descorrer las cortinas de la ignorancia de forma constante. Siempre pensé que la Química podía tener, incluso superar, un alma de jazz que latiera en su propio espíritu. Hoy vamos a ensayar en esa dirección. No prometo nada en los comienzos. Proponemos una reflexión sobre la conexión entre el jazz y la Química, resaltando que, en esencia, la Química también puede ser un arte: el jazz de la Ciencia.
En apariencia, el jazz y la Química podrían parecer mundos opuestos: uno, una expresión artística cargada de emociones, intuición y espontaneidad; el otro, una Ciencia de la Naturaleza, regida por leyes, fórmulas y estructuras definidas. Sin embargo, al observar desde una mayor profundidad, emergen sorprendentes paralelismos que revelan que ambos comparten un lenguaje común, cual es el de la creatividad, la experimentación y la búsqueda incansable de nuevas formas de comprender y transformar el mundo.
Uno de los elementos más distintivos del jazz es la improvisación. Los músicos, guiados por una estructura básica de acordes y ritmo, tienen la libertad de crear nuevas melodías en tiempo real, explorando diferentes caminos sonoros. De manera análoga, el químico en el laboratorio se enfrenta a una serie de principios y leyes que debe respetar, pero dentro de ese marco, puede experimentar, probar nuevas combinaciones de elementos, alterar condiciones y observar lo inesperado.
La experimentación en Química es, en muchos sentidos, un acto de creación artística. No se trata simplemente de aplicar recetas, sino de interpretar los materiales, predecir comportamientos y reaccionar ante lo que sucede. Tal como el jazzista debe escuchar a los demás instrumentos para improvisar con coherencia, el químico debe "escuchar" a la reacción, estar atento a los cambios y responder con intuición y conocimiento.
Imagen creada con ayuda de Chat GPT con DALL-E
El jazz, aunque libre, no es caótico. Posee una estructura materializada en escalas, acordes y compases. Esta base permite que la improvisación sea comprensible, bella y coherente. De la misma manera, la Química se basa en una estructura profunda, cual es la tabla periódica de los elementos, las leyes de la Termodinámica, los modelos atómicos y moleculares, la Química Cuántica. Estas estructuras no limitan la creatividad del químico, sino que la canalizan. Conociendo estas "reglas del juego", el químico puede crear nuevos compuestos, diseñar materiales con propiedades específicas, o idear reacciones que antes parecían imposibles. La creatividad en la Química surge precisamente de la interacción entre el conocimiento profundo de la estructura y la libertad para explorar nuevas posibilidades. Igual que en el jazz, donde la armonía surge del diálogo entre la tradición y la innovación.
Una reacción química puede compararse con una composición musical. Los reactivos actúan como los instrumentos o voces iniciales; los catalizadores, como un director de orquesta que acelera y orienta el proceso; las condiciones de reacción (temperatura, presión, pH) son el tempo, el tono, el estilo. El producto final, entonces, es la obra completa: una molécula nueva, un compuesto que antes no existía, una pieza que puede tener aplicaciones industriales, médicas o tecnológicas. Al igual que en una obra de jazz, donde pequeños cambios en la interpretación pueden alterar profundamente el resultado, en Química una leve modificación en una variable puede dar lugar a productos completamente diferentes. Este carácter sensible, dinámico y transformador convierte a la reacción química en un proceso casi musical.
Incluso a nivel microscópico, el paralelismo entre el jazz y la Química persiste. Existen reacciones químicas que presentan comportamientos oscilatorios, como la famosa reacción de Belousov-Zhabotinsky, que muestra cambios de color periódicos y ritmados, como si una melodía invisible se estuviera desarrollando a nivel molecular. La Naturaleza, a través de la Química, también tiene sus propios ritmos, sus armonías y disonancias, que los químicos estudian, interpretan y en ocasiones, logran replicar o transformar.
Ni el jazz ni la Química se sostienen solo con técnica. Ambos requieren pasión, sensibilidad y una intuición afinada. El jazzista no solo toca notas, sino que las siente, las comunica. El químico no solo mezcla sustancias, sino que intuye lo que puede ocurrir, siente fascinación por el misterio de lo invisible, y se deja llevar por la belleza de las transformaciones. La Ciencia, como el arte, es una forma de asombro ante el Universo. Y la Química, con sus colores, olores, cambios de estado y fenómenos sorprendentes, es una de las ciencias más visuales y sensoriales. Hay en ella una estética que se parece mucho a la del jazz, al ser compleja, rica en matices, muchas veces inesperada, pero profundamente conmovedora.
Al establecer un puente entre el jazz y la Química, descubrimos que ambas disciplinas, aunque distintas en su forma, comparten una misma esencia, que es la capacidad de crear algo nuevo a partir de un marco establecido. Tanto el músico como el científico operan en el límite entre lo conocido y lo desconocido, entre la teoría y la práctica, entre la razón y la intuición. La Química, entonces, no es solo una Ciencia, es también un arte. Y en sus mejores momentos, cuando la creatividad se une con el conocimiento, cuando la pasión se encuentra con la precisión, la Química se convierte en jazz: una música molecular que transforma la materia y, con ella, nuestra comprensión del mundo.
La Química, en su forma más pura, es mucho más que una “Ciencia exacta”. Es una disciplina que se sitúa en la frontera entre el conocimiento técnico y la inspiración creativa, donde el rigor de las leyes naturales se encuentra con la libertad de la imaginación humana. Así como el arte nace del deseo de expresar, la Química surge del impulso de comprender y transformar.
Crear a partir de lo conocido es el punto de partida del químico. No se parte del vacío, sino de un legado constituido por la tabla periódica, los modelos atómicos y las teorías y experimentos que otros construyeron antes. Sin embargo, como un pintor que mezcla colores tradicionales para obtener matices únicos, el químico toma lo que ya se sabe y lo reorganiza, lo combina, lo desafía. Cada nuevo compuesto, cada reacción innovadora, es una declaración de creatividad dentro del marco de la lógica científica.
Mezclar teoría con intuición es uno de los mayores retos y bellezas del proceso químico. No basta con conocer la teoría, sino que hace falta sensibilidad para intuir lo que podría pasar, para anticipar resultados inesperados, para leer los matices de una reacción, al igual que un músico siente el pulso de una melodía. El gran avance muchas veces no proviene solo del cálculo preciso, sino del instinto cultivado, de esa chispa que lleva al científico a probar algo que no estaba en el manual.
Transformar lo invisible en belleza es quizás la dimensión más poética de la Química. Aunque trabaja con átomos y moléculas que no se pueden ver a simple vista, sus efectos se manifiestan en formas fascinantes, como los colores que cambian, sustancias que se cristalizan, reacciones que emiten luz o calor. La belleza de la Química no solo radica en su utilidad, sino en su capacidad para revelar la elegancia oculta del mundo material.
Así, cuando un químico se enfrenta a su laboratorio, no está muy lejos del artista en su estudio o del jazzista en el escenario. Todos ellos comparten una misión, que es hacer visible lo invisible, darle forma a lo intangible, y tocar, aunque sea por un momento, la armonía que subyace al Universo. La Química, entonces, no solo explica el mundo, sino que lo embellece.
Sopa de letras: EL JAZZ DE LA QUÍMICA
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