Pensándolo bien...
El olvido de Jerónimo de Ayanz y Beaumont constituye uno de los episodios más desconcertantes de la historia científica española. No hablamos de un personaje menor, ni de un curioso inventor de gabinete, ni de un noble aficionado a máquinas imaginarias. Hablamos de un militar, administrador, regidor, ingeniero empírico e inventor que, a comienzos del siglo XVII, reunió en torno a su nombre una de las colecciones técnicas más sorprendentes de la Europa moderna. El caso resulta todavía más grave para España y para Murcia. Para España, porque Ayanz encarna una posibilidad tecnológica que no cristalizó en revolución productiva; para Murcia, porque fue regidor de la ciudad, estuvo vinculado familiarmente a ella y quiso ser enterrado aquí. Descubierto en Murcia, cuando la Universidad de Murcia publica en el centenario de su última fundación un documento en el que lo da a conocer. El tríptico del ciclo celebrado en Murcia en 2024 lo expresa con claridad, al calificarlo como una figura “prácticamente desconocida” en la historiografía española del siglo XVI y afirmar que su importancia debería ser “primordial”.
Jerónimo de Ayanz nació en Guenduláin, Navarra, en 1553, y murió en Madrid en 1613. Fue caballero de Calatrava, comendador, militar en Flandes, gobernador de Martos, administrador general de las minas del reino y regidor de Murcia. La Real Academia de la Historia recuerda su vida murciana y su papel como regidor, así como su impulso a defensas militares en la costa y a la actividad del puerto de Cartagena. No fue, por tanto, un personaje marginal. Estuvo en el centro del poder político y económico de la Monarquía Hispánica. Precisamente por eso su olvido resulta más llamativo, porque no se perdió la memoria de un artesano escondido, sino la de un servidor del Estado que había puesto su inteligencia al servicio de problemas reales.
La Oficina Española de Patentes y Marcas recoge que sus inventos fueron reunidos en un privilegio concedido por Felipe III en 1606, con el propósito de mejorar sectores económicos concretos. En las fuentes modernas se habla de 48 o 49 invenciones, según el cómputo, entre ellas sistemas de bombeo para minas, aplicaciones del vapor de agua como fuerza motriz, ventilación y refrigeración, hornos, instrumentos, procedimientos metalúrgicos, traje de buzo y diseños relacionados con la navegación submarina. El mismo tríptico murciano destaca el uso del vapor como fuerza motriz, el traje de buzo, el aire acondicionado y un prototipo de submarino, además de su condición de administrador de minas y regidor perpetuo de Murcia.
La dimensión del disparate se comprende mejor si se compara su cronología con la historia canónica de la máquina de vapor. Thomas Newcomen desarrolló en 1712 una máquina atmosférica para bombear agua de las minas, y el National Museums Scotland subraya que ese motor permitió explotar minas más profundas y acceder a minerales esenciales para la industrialización británica, especialmente el carbón. Britannica recuerda también que el primer motor registrado de Newcomen se propuso cerca de Dudley Castle en 1712. La distancia entre el privilegio de Ayanz de 1606 y Newcomen es de más de un siglo. No se trata de afirmar, de modo simplista, que Ayanz “inventó” la Revolución Industrial antes que Inglaterra; se trata de reconocer que España tuvo ante sí un conjunto de soluciones técnicas relacionadas con minería, vapor, agua, ventilación y energía que, de haberse organizado industrialmente, pudieron haber abierto una trayectoria histórica distinta.
¿Por qué se olvidó? La primera razón fue documental. Sus invenciones quedaron encerradas en expedientes, privilegios, dibujos y legajos, no en una tradición técnica impresa, reproducida, enseñada y aplicada de forma sistemática. Nicolás García Tapia y otros estudiosos han sido decisivos en rescatar esa documentación. Las investigaciones recientes muestran, por ejemplo, que incluso un impreso de 1612 adquirido por la Biblioteca Nacional de España reveló una faceta tardía de Ayanz como experimentador científico activo hasta sus últimos días. Si una obra queda en archivo y no se transforma en escuela, taller, manual, cátedra, compañía, patente explotada o industria, el tiempo acaba cubriéndola de polvo.
La segunda razón fue institucional. La España de los Austrias poseía talento, minas, ingenieros, cosmógrafos, artilleros, navegantes y técnicos, pero no siempre convirtió ese saber en sistema productivo acumulativo. El privilegio de invención protegía la idea, pero no garantizaba su difusión industrial. Ayanz resolvía problemas concretos, como desaguar minas, ventilar galerías, aprovechar energía, mejorar procesos. Pero faltó un ecosistema capaz de tomar esas soluciones, multiplicarlas, perfeccionarlas y convertirlas en una cadena de innovación. La invención aislada no basta; necesita capital, talleres, técnicos formados, demanda sostenida, empresarios, protección jurídica eficaz, mercado y continuidad política.
La tercera razón fue económica. La máquina de vapor triunfó en Gran Bretaña porque encontró una necesidad estructural y permanente, como sacar agua de minas de carbón cada vez más profundas, en un territorio donde el carbón era combustible abundante y pieza central de una economía en expansión. El National Museums Scotland señala precisamente la relación entre el bombeo minero, la profundización de las explotaciones y el papel decisivo del carbón en la fabricación mecanizada de los siglos XVIII y XIX. España tenía minería, pero no articuló de igual modo una economía carbonífera, metalúrgica, financiera y manufacturera que reclamara miles de máquinas, las pagara, las mantuviera y exigiera mejoras sucesivas.
La cuarta razón fue cultural. España fue magnífica en memoria literaria, religiosa, militar y política, pero más débil en memoria técnica. Recordó a santos, reyes, capitanes, poetas y conquistadores; olvidó con frecuencia a constructores de máquinas, tratadistas de hidráulica, metalurgistas, cartógrafos, fabricantes de instrumentos e ingenieros prácticos. Ayanz, además, quedó sepultado bajo su propia leyenda física y militar, porque fue el hombre fuerte, el soldado, el caballero. Lope de Vega y Gracián conservaron ecos de su fama personal, pero esa fama no se tradujo en una genealogía técnica. Se recordó al hombre prodigioso, no al inventor sistemático.
La quinta razón afecta de lleno a Murcia. Murcia lo tuvo y no lo incorporó de manera firme a su panteón cívico. El tríptico de 2024 recuerda que murió en Madrid, quiso ser enterrado en Murcia, había sido regidor durante doce años, casó sucesivamente con las nobles murcianas, doña Blanca, que falleció a los pocos meses y la hermana menor, doña Luisa Dávalos y fue enterrado en una capilla vinculada a esa familia; concluye, además, que Murcia le debe un reconocimiento perdurable. Esa frase resume una deuda histórica. Una ciudad que conserva a Ayanz en su catedral debería haberlo convertido hace tiempo en emblema de creatividad técnica, ingeniería, ciencia aplicada y modernidad temprana. No hacerlo es una mutilación de la memoria murciana.
Ahora bien, también pueden aducirse razones que expliquen, aunque no absuelvan el olvido. No había en 1606 la misma metalurgia de precisión que en el siglo XVIII. No existían todavía redes científicas modernas comparables a las academias y sociedades posteriores. La termodinámica no estaba formulada. La producción seriada de cilindros, válvulas y componentes resistentes planteaba dificultades enormes. Las guerras, la fiscalidad imperial, las crisis demográficas, las prioridades militares y el peso de la administración patrimonial dificultaban una política industrial sostenida. Además, Ayanz murió en 1613; sin discípulos, empresa continuadora o institución que defendiera su legado, su obra quedó vulnerable.
Hay, además, una dimensión que agrava todavía más el olvido de Jerónimo de Ayanz, como son sus propuestas sobre la minería, que no fueron solamente técnicas. No se limitó a imaginar máquinas para desaguar galerías, ventilar pozos o mejorar hornos. Ayanz comprendió la minería como un sistema completo en el que intervenían la tecnología, la fiscalidad, la legislación, la formación de los trabajadores, la seguridad de las explotaciones, los costes de producción y la vida real de quienes trabajaban bajo tierra. Su mirada era, por tanto, extraordinariamente moderna: veía la mina no como un simple lugar de extracción, sino como una organización económica, humana y técnica que debía ser reformada en conjunto.

Las fuentes que estudian su actividad como administrador general de minas señalan que, tras inspeccionar explotaciones y analizar centenares de muestras minerales, Ayanz dirigió un extenso memorial al rey en el que denunciaba los males de la minería española, como el elevado coste de la mano de obra, escasa iniciativa privada, impuestos excesivos, legislación complicada, jueces corruptos, falta de preparación técnica, infraestructuras deficientes, maquinaria rudimentaria, desconocimiento de métodos de desagüe y mala explotación de las minas. Además, promovió una encuesta minera enviada en 1604 a gobernadores y corregidores de 52 partidos (un partido era una demarcación territorial administrativa, judicial o fiscal, es decir, una zona bajo la autoridad de un corregidor, gobernador, alcalde mayor u otro representante del poder real), una iniciativa sin precedente europeo comparable en su tiempo.
Esa amplitud de visión explica tanto su grandeza como su caída. Ayanz no estaba proponiendo únicamente aparatos, porque proponía un cambio de régimen productivo. Quería reducir trabas, mejorar la maquinaria, simplificar la legislación, favorecer la iniciativa, racionalizar impuestos y hacer más eficaz y más humana la explotación minera. En términos actuales, podríamos decir que su programa reunía innovación tecnológica, reforma administrativa, modernización económica y preocupación por las condiciones de trabajo. No era una simple colección de patentes; era una política industrial anticipada.
Ese programa no gustó a todos. La sociedad española de comienzos del siglo XVII estaba todavía dominada por privilegios aristocráticos, inercias burocráticas, intereses corporativos y formas patrimoniales de explotación. Ayanz pertenecía a la nobleza, pero sus propuestas introducían una racionalidad nueva, incómoda para quienes vivían de privilegios, rentas, opacidad administrativa o control tradicional del negocio minero. Por eso conviene decir que no fue bien recibido por determinados sectores de poder económico y social de su época. Incluso que fue considerado por algunos como traidor a los intereses de la clase nobiliaria a la que pertenecía y que tuvo que dejar el cargo de administrador general de minas en 1604.
El episodio más revelador es casi simbólico, porque se llegó a borrar su nombre de un documento donde figuraba la lista de quienes habían sido administradores de minas. El texto tachado decía que el puesto lo había tenido “don Jerónimo de Ayanz”, calificado como “caballero principal y aplicado a cosas de minas”. Se interpreta aquella tachadura como un intento burdo de borrar de la historia al mejor administrador de minas que tuvo España. Esa imagen, el nombre de Ayanz literalmente tachado, resume cuatro siglos de injusticia, ya que primero se le apartó, luego se le silenció y finalmente se le olvidó.
La gravedad del caso reside en que no se castigó solamente a una persona, sino a una posibilidad histórica. Si sus propuestas hubieran sido asumidas con continuidad institucional, España habría podido crear una administración técnica de minas mucho más avanzada, una cultura de innovación aplicada, una formación especializada de mineros e ingenieros, y un sistema de explotación capaz de aprovechar mejor sus recursos peninsulares y americanos. No basta decir que Ayanz inventó máquinas; hay que añadir que imaginó una minería distinta. Su derrota fue también la derrota de una España más técnica, más organizada, más productiva y quizá más sensible a la dimensión humana del trabajo.
Pero estas razones explican el fracaso de la explotación plena, no justifican cuatro siglos de desmemoria. Que España no pudiera desencadenar por sí sola una Revolución Industrial en 1606 puede entenderse. Que no haya reconocido, enseñado y celebrado a quien anticipó soluciones técnicas de semejante audacia resulta mucho menos aceptable. La injusticia no está solo en no haber industrializado sus inventos; está en no haberlos incorporado a la conciencia nacional.
Por eso adquiere un valor especial que hoy la Academia de Ciencias de la Región de Murcia contribuya a poner en valor su figura. No se trata de un homenaje protocolario ni de una recuperación localista. Se trata de devolver a la memoria científica española y murciana a un personaje que representa la unión de ciencia, técnica, administración pública, invención y compromiso con problemas concretos. La propia Academia de Ciencias de la Región de Murcia incluye en su programación del XXV aniversario actividades dedicadas a “Jerónimo de Ayanz y Beaumont: Ciencia, Técnica e Ingenio en la España del Renacimiento”, una exposición sobre sus ingenios, un certamen para jóvenes investigadores y un concurso sobre su propuesta de sumergible.
La importancia para Murcia es doble. En primer lugar, porque Ayanz no fue una figura ajena a la ciudad. La Real Academia de la Historia recuerda que vivió en Murcia, actuó como regidor, impulsó defensas militares en la costa y favoreció la actividad del puerto de Cartagena. Otros testimonios recientes subrayan que estuvo estrechamente vinculado a Murcia, donde se casó, ejerció como regidor durante más de una década y permanece enterrado en la Catedral. En segundo lugar, porque muchas de sus propuestas patentadas o privilegiadas salieron del entorno vital e institucional que lo unía a Murcia, a la administración del reino y a la experiencia directa de los problemas técnicos.
Que la Academia lo recupere significa, por tanto, corregir una deuda. Murcia no solo debe recordar a Ayanz como personaje enterrado en su catedral, sino como emblema de una tradición científica posible, es decir, una Murcia capaz de producir, acoger o proyectar ideas técnicas de alcance europeo. Si de aquí salieron, o desde aquí fueron pensadas y defendidas, propuestas de semejante nivel, como el vapor aplicado al desagüe, ventilación minera, refrigeración, ingeniería submarina, máquinas, hornos, mejoras metalúrgicas, entonces la historia regional debe ensanchar su propio relato. Murcia no puede limitarse a memoria religiosa, militar, agrícola o literaria; también posee una memoria tecnológica de primer orden.
El reconocimiento académico tiene además una función pedagógica. Ayanz permite enseñar a los jóvenes que la innovación no es patrimonio exclusivo de los países que luego escribieron la historia industrial dominante. Permite mostrar que en la España de los Austrias hubo inteligencia técnica, experimentación, patentes tempranas y voluntad de resolver problemas materiales. También permite advertir del peligro contrario, porque una sociedad puede tener genios y perderlos si no construye instituciones capaces de protegerlos, difundirlos y continuarlos.
Por eso la recuperación de Ayanz por la Academia de Ciencias de la Región de Murcia no es solo justicia retrospectiva. Es una llamada al presente. Nos recuerda que el progreso necesita memoria, que la ciencia aplicada exige instituciones, y que los inventores no bastan si la sociedad que los rodea no sabe reconocerlos. Durante cuatro siglos, España y Murcia se permitieron el lujo absurdo de olvidar a uno de sus grandes ingenios. Ponerlo ahora en valor no repara todo el daño, pero inicia una reparación necesaria: devolver su nombre al lugar del que nunca debió ser tachado.
La hipótesis de una España distinta no es fantasía patriótica si se formula con prudencia. Si las aportaciones de Ayanz hubieran generado una escuela de ingeniería minera, una cultura de patentes explotadas, una política de talleres reales, una transferencia sistemática entre minas, arsenales, universidades y manufacturas, España habría podido mejorar su productividad, su minería, su metalurgia, su navegación, su defensa y su administración técnica. Tal vez no habría adelantado por completo la Revolución Industrial, porque esta dependió de muchos factores acumulados; pero sí habría podido crear una tradición tecnológica más fuerte y menos dependiente del exterior.
El disparate, por tanto, tiene tres dimensiones. Es científico, porque se dejó perder una línea temprana de investigación aplicada sobre vapor, fluidos, minería y ventilación. Es económico, porque se desaprovechó un conjunto de soluciones destinadas a sectores productivos fundamentales. Y es moral, porque una sociedad que olvida a sus inventores se condena a creer que nunca los tuvo. Ahí reside la herida más profunda, ya que el olvido de Ayanz alimentó la falsa idea de una España ajena a la invención técnica.
Recuperar a Jerónimo de Ayanz no debe servir para fabricar una leyenda complaciente, sino para corregir una amputación. No basta con llamarlo “Leonardo español”, fórmula brillante pero insuficiente. Hay que estudiarlo como lo que fue, como un ingeniero empírico de enorme originalidad, un servidor público preocupado por problemas materiales, un precursor de tecnologías decisivas y un símbolo de lo que España y Murcia pudieron ser si hubieran unido imaginación, industria, memoria e instituciones. Olvidarlo fue un disparate; recordarlo ahora debe ser algo más que homenaje y debe convertirse en programa cultural, científico y educativo.
Sopa de letras: CUATRO SIGLOS DE OLVIDO
Soluciones: LA INERCIA DE LOS FOTONES