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El olfato humano es extremadamente sensible al olor a lluvia y a tierra mojada. El peculiar aroma que acompaña a las lluvias, sobre todo tras períodos de sequía, se conoce en términos científicos con el nombre de “petricor”. Este término fue acuñado en los años sesenta del pasado siglo por científicos australianos y en un principio se creía debido al efecto de gases desprendidos de algunas piedras y suelos al resultar mojados. Con posterioridad, la naturaleza de esta fragancia natural ha sido objeto de muchos estudios y se ha establecido su origen fundamentalmente microbiano. Los principales compuestos químicos responsables del olor a petricor se llaman geosminas, y son productos del metabolismo de una clase de bacterias muy abundantes en el suelo denominadas actinomicetos o actinobacterias. Las geosminas se producen sobre todo durante la germinación de las esporas de estas bacterias con la llegada del agua, y el efecto mecánico de la lluvia las dispersa luego por el aire favoreciendo su detección.
Se ha estimado que podemos detectar geosminas a concentraciones tan bajas como una parte por billón, lo que aproximadamente equivale a reconocer su presencia al disolver una sola gota de geosminas en el agua de una piscina olímpica. Esto resulta asombroso porque, como referencia, los tiburones perciben la sangre en el agua a concentraciones de una parte por millón. En consecuencia, nuestra capacidad para detectar geosminas es comparativamente muy superior. Muchos animales pueden reconocer también concentraciones extremadamente bajas de geosminas en el aire, liberadas por actinomicetos en suelos húmedos. Se dice que los camellos, por ejemplo, son capaces de encontrar agua desde distancias kilométricas en el desierto guiándose solo por el olfato. Además, lombrices, nematodos y otros invertebrados son también capaces de guiarse por las geosminas para encontrar zonas húmedas en el suelo. Algunos insectos, como los mosquitos, necesitan encontrar zonas húmedas donde poner sus huevos y parecen atraídos por las geosminas. Por otra parte, estos compuestos pueden ser una estrategia química para la propagación de los actinomicetos porque sus esporas resultan transportadas por los animales a otros lugares húmedos para una nueva colonización.
Resulta curioso el influjo de este aroma en la sensibilidad olfativa de los humanos. Si realiza por internet una búsqueda de esencias, colonias, aromas, fragancias o perfumes con olor a petricor encontrará una larga lista de productos comercializados que emplean geosminas como ingrediente y que pretenden evocar la frescura de una tormenta de verano.