Pensándolo bien...
Cada agosto, casi con puntualidad de calendario, el cielo nocturno parece llenarse de estrellas que se desprenden y caen. Son las Perseidas, una de las lluvias de meteoros más espectaculares y conocidas. Pero las llamadas «estrellas fugaces» no son estrellas, ni tampoco objetos que estén saliendo de la constelación de Perseo. Son diminutos fragmentos de materia, muchos comparables a granos de arena, que penetran en la atmósfera terrestre a velocidades extraordinarias y producen durante una fracción de segundo una brillante estela luminosa. En el caso de las Perseidas, alcanzan unos 59 kilómetros por segundo, más de 200.000 kilómetros por hora.
Su origen se encuentra en el cometa 109P/Swift–Tuttle, un enorme cuerpo helado cuyo núcleo tiene unos 26 kilómetros de diámetro y que tarda aproximadamente 133 años en completar una vuelta alrededor del Sol. Cada vez que Swift–Tuttle se aproxima al Sol, el calentamiento provoca la sublimación de sus hielos y la liberación de polvo, pequeñas piedras y otros materiales. El cometa continúa su viaje, pero deja detrás de sí una especie de inmensa carretera de partículas distribuida a lo largo de su órbita.
La Tierra atraviesa esa carretera todos los años. Esa es precisamente la razón de que las Perseidas aparezcan ahora, en agosto. Nuestro planeta recorre prácticamente la misma órbita alrededor del Sol cada año y, al llegar a determinada región del espacio, atraviesa la corriente de partículas dejada por Swift–Tuttle. No es, por tanto, que el cometa se encuentre cerca de nosotros cada verano. De hecho, su última aproximación al Sol tuvo lugar en 1992 y no regresará hasta aproximadamente 2126. Lo que encontramos cada agosto son materiales que el cometa fue depositando a lo largo de numerosos pasos anteriores.
En 2026, las Perseidas están activas aproximadamente desde el 17 de julio hasta el 24 de agosto, pero la Tierra atraviesa la región más densa del enjambre alrededor del 13 de agosto. Además, este año las condiciones son especialmente favorables porque el máximo coincide prácticamente con la Luna nueva del 12 de agosto, por lo que la luz lunar apenas dificultará la observación. En condiciones ideales pueden alcanzarse tasas del orden de varias decenas y, potencialmente, alrededor de cien meteoros por hora, aunque el número realmente observado depende de la oscuridad del lugar, la transparencia atmosférica y la altura del radiante.
¿Por qué parecen proceder de Perseo? Es una consecuencia de la perspectiva. Las partículas se desplazan por trayectorias aproximadamente paralelas, pero, vistas desde la Tierra, sus estelas parecen divergir desde un punto común del cielo, denominado radiante, situado en la región de la constelación de Perseo. Es el mismo efecto visual por el que los raíles paralelos de una vía férrea parecen converger hacia un punto lejano. De ese radiante procede el nombre «Perseidas».
Pero la lluvia que contemplamos actualmente no es exactamente igual a la que vieron nuestros antepasados. El enjambre meteórico constituye una estructura dinámica. Las partículas son perturbadas por la gravedad de los planetas, especialmente Júpiter y Saturno, por la radiación solar y por las pequeñas diferencias de velocidad con las que fueron expulsadas del cometa. Con el paso de los siglos, algunas regiones del enjambre se dispersan mientras otras forman filamentos relativamente densos. Existen incluso resonancias gravitatorias capaces de mantener grupos de partículas concentrados durante periodos del orden de miles de años.
Por eso unos años son mejores que otros. En 2016, por ejemplo, se produjo una actividad especialmente intensa porque la Tierra encontró concentraciones de partículas relacionadas, entre otras, con pasos de Swift–Tuttle ocurridos en 1862 y 1479. Una Perseida observada hoy puede ser, por tanto, el último instante de existencia de una partícula que llevaba siglos viajando por el Sistema Solar antes de encontrarse con nuestra atmósfera.

Imagen creada con ayuda de ChatGPT con DALL-E
Incluso la fecha del máximo ha cambiado lentamente. La tradicional asociación europea con el 10 de agosto encajaba mejor con la geometría del enjambre en épocas antiguas; estudios de mecánica celeste indican que esa geometría ha evolucionado y que actualmente el máximo puede producirse dos o tres días más tarde, alrededor del 12–13 de agosto.
¿Durante cuánto tiempo seguirán apareciendo? No existe una fecha en la que podamos decir: «este será el último año de las Perseidas». Los enjambres meteóricos nacen, evolucionan, se dispersan y finalmente pueden dejar de cruzar la órbita terrestre, pero el proceso puede durar miles o incluso decenas de miles de años. Los modelos dinámicos de la corriente de Swift–Tuttle muestran precisamente que las poblaciones de partículas evolucionan en escalas de miles de años, mientras el propio cometa continúa aportando nuevo material en sus sucesivos retornos.
Por consiguiente, es razonable esperar que las Perseidas continúen siendo un fenómeno anual durante muchas generaciones y probablemente durante muchos siglos o milenios, aunque su intensidad y la fecha exacta del máximo irán modificándose. No son eternas. En escalas astronómicas, la gravedad planetaria, la dispersión de las partículas y la propia evolución orbital del cometa acabarán transformando profundamente el enjambre. Estudios de la dinámica de Swift–Tuttle han analizado precisamente su evolución orbital durante decenas de miles de años, lo que muestra que a escalas tan largas no podemos considerar inmutable la configuración actual.
¿Qué significaron antes de que supiéramos qué eran? Aquí las Perseidas se vuelven especialmente interesantes, porque durante casi toda la historia humana nadie podía saber que estaba observando polvo de un cometa. Las crónicas astronómicas de Asia oriental contienen registros extraordinariamente antiguos de meteoros y lluvias meteóricas. Un análisis moderno de fuentes oficiales coreanas, comparadas con documentos chinos y japoneses, encontró miles de registros históricos de meteoros y permitió reconocer la actividad de las Perseidas durante casi un milenio. Aquellos astrónomos no conocían la física del fenómeno, pero su disciplina observacional dejó una auténtica memoria científica del cielo
En la tradición cristiana europea adquirieron otro significado. Fueron conocidas como las «Lágrimas de San Lorenzo», porque aparecen alrededor de la festividad de San Lorenzo, celebrada el 10 de agosto. Las líneas luminosas del cielo fueron interpretadas simbólicamente como lágrimas o como reminiscencias ardientes del martirio del santo. La expresión sobrevivió durante siglos y todavía hoy se utiliza popularmente en diversos países europeos.
La gran transformación llegó en el siglo XIX. El cometa fue observado por Lewis Swift y Horace Parnell Tuttle en 1862, y pocos años después Giovanni Schiaparelli comprendió que la órbita de las Perseidas estaba relacionada con la del cometa. Aquello fue decisivo, ya que las lluvias de estrellas dejaron de ser fenómenos atmosféricos inexplicados y pasaron a entenderse como consecuencia de material extraterrestre distribuido por las órbitas cometarias.
Y quizá sea esta la parte más hermosa de las Perseidas. El fenómeno no ha cambiado solamente con el tiempo; ha cambiado nuestra interpretación de él. Para unos pueblos fue presagio; para otros, señal celestial; para la Europa cristiana, lágrimas de un mártir; para los primeros astrónomos, una regularidad desconcertante del cielo; y para nosotros es la intersección anual de la Tierra con la memoria material de un cometa.
Cuando veamos una Perseida estos días de agosto de 2026, estaremos contemplando algo que dura apenas una fracción de segundo, pero cuya historia puede haber comenzado hace cientos o miles de años, cuando aquella partícula abandonó Swift–Tuttle. La Tierra llega a la cita cada agosto, el cometa continúa recorriendo su gigantesca órbita y nosotros, desde hace generaciones, levantamos la vista exactamente hacia el mismo río de polvo cósmico.
Sopa de letras: LAS PERSEIDAS DE NUEVO
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