Pensándolo bien...

null LA IMPORTANCIA DE LA GRAMÁTICA EN CIENCIA

Pasar de una estructura lingüística centrada en sujeto, verbo y predicado a la perspectiva del reomodo propuesta por David Bohm no significa destruir la gramática corriente ni inventar una lengua artificial para uso diario. Significa, más bien, intentar corregir un hábito mental muy profundo, que es la tendencia a pensar la realidad como si estuviera compuesta, ante todo, por cosas fijas, claramente separadas unas de otras, que luego realizan acciones. Bohm presentó el reomodo en Wholeness and the Implicate Order, publicado originalmente en 1980, y lo concibió como un “modo” de usar el lenguaje que diera un papel básico al verbo, al fluir y al proceso, en vez de conceder prioridad al sustantivo y a la entidad estable.

La idea de fondo es sencilla, aunque sus consecuencias son profundas. En la lengua convencional solemos decir: “la partícula se mueve”, “el campo actúa”, “la célula responde”, “la mente produce ideas”. En todas esas frases parece haber, primero, una cosa ya hecha; después, una acción que esa cosa ejecuta. Bohm sospechaba que esta forma de hablar no es inocente, porque nos acostumbra a pensar que la realidad está hecha de unidades separadas, cuando muchas veces la ciencia descubre justo lo contrario: redes, relaciones, procesos de transformación, totalidades dinámicas y formas emergentes que solo se entienden bien dentro de un contexto más amplio. Por eso el reomodo no pretende embellecer el lenguaje, sino hacerlo menos engañoso para pensar fenómenos complejos.

El beneficio para el pensamiento científico es, en primer lugar, epistemológico. El reomodo ayuda a no confundir la estructura de nuestras frases con la estructura del mundo. Muchas veces creemos que, porque una oración tiene sujeto y predicado, la realidad misma debe consistir en una sustancia que posee atributos. Pero esa inferencia puede ser falsa. La física contemporánea, por ejemplo, trabaja con campos, interacciones, dependencias contextuales, estados no separables y procesos de medición en los que la imagen de “objeto aislado con propiedades propias” resulta insuficiente. Bohm sostenía que una parte de nuestras dificultades para pensar estos fenómenos viene de que hablamos con una gramática heredada de un mundo macroscópico y estable, y luego intentamos aplicarla sin correcciones a una realidad mucho más sutil.

El segundo beneficio es heurístico, es decir, ayuda a formular mejores preguntas. Cuando una lengua da prioridad a la cosa, la pregunta espontánea suele ser: “¿qué es esto?”. Cuando una lengua da prioridad al proceso, la pregunta pasa a ser: “¿qué está ocurriendo aquí?”, “¿cómo se está transformando esto?”, “¿de qué red de relaciones emerge esta forma?”. Ese cambio no es menor. En muchas ciencias, desde la física hasta la biología, entender un fenómeno exige ver cómo algo se constituye, se mantiene y cambia, no solo identificarlo como una entidad cerrada. El reomodo favorece una imaginación más dinámica, porque ve patrones relativamente estables, pero no los toma automáticamente como realidades últimas y autosuficientes.

Bohm usaba ejemplos sencillos para mostrar el problema. Uno muy conocido es la frase “it is raining”. Su objeción era que esa estructura parece exigir un sujeto, un “it”, como si existiera una cosa llamada “eso” que realiza la acción de llover. Pero, en realidad, lo primario no es un ente escondido detrás del fenómeno, sino el propio llover. Por eso él proponía expresiones del tipo “rain is going on”, que en español podríamos traducir como “está lloviendo” o, de manera más fiel a su intención, “el llover está ocurriendo”. Puede parecer un matiz pequeño, pero deja ver algo importante: muchas veces la gramática nos obliga a inventar un sujeto allí donde lo más real es el proceso.

Ahora bien, donde este asunto se vuelve especialmente importante es en la física cuántica. La lengua convencional puede ser perniciosa cuando se la toma al pie de la letra en frases como: “una partícula actúa sobre otra” o “el electrón va de aquí hasta allí y luego golpea la pantalla”. Estas formulaciones son útiles como simplificación pedagógica, pero introducen una imagen mental muy clásica, como la de una pequeña cosa sólida, individual, separada del resto, que posee propiedades bien definidas en todo momento y recorre una trayectoria similar a la de una bolita. Bohm criticaba precisamente esta forma de hablar porque, aplicada sin cautela al dominio cuántico, nos hace imaginar como entidades independientes lo que quizá solo son abstracciones extraídas de un movimiento más amplio del campo total. En una formulación cercana al reomodo, diríamos algo así: “en este montaje experimental está ocurriendo un proceso de preparación, evolución y detección, dentro del cual aparece un evento registrable”. Esa segunda formulación es menos cómoda, pero tiene una ventaja decisiva, que no presupone demasiado pronto una ontología clásica de objetos separados.

Aquí se ve con claridad la ventaja científica del reomodo. No garantiza por sí solo una teoría correcta, pero sí puede evitar errores de intuición. El lenguaje convencional empuja a pensar en términos de piezas; el reomodo ayuda a pensar en términos de configuraciones, flujos, transformaciones y totalidad dinámica. En un contexto como el de la mecánica cuántica, donde el entrelazamiento, la no separabilidad y la dependencia del contexto experimental son centrales, esa diferencia puede ser muy fecunda. La expresión habitual nos hace ver “dos cosas que después se conectan”; el reomodo invita a pensar “un proceso único del que emergen dos formas distinguibles”. Esto no resuelve todos los problemas de interpretación, pero sí despeja un obstáculo importante, cual es el obstáculo de una gramática que ya decide por nosotros, antes incluso de empezar a pensar.

También hay una ventaja pedagógica. Muchos estudiantes tropiezan con la ciencia moderna no solo por la dificultad matemática, sino porque arrastran imágenes intuitivas formadas por el lenguaje ordinario. Cuando oyen “partícula”, imaginan una bolita; cuando oyen “interacción”, imaginan dos cosas ya separadas que luego se tocan; cuando oyen “estado”, imaginan una propiedad fija. Un lenguaje más atento al proceso no elimina esos términos, pero obliga a usarlos con más modestia y precisión. Enseña a sospechar de las palabras demasiado rígidas y a recordar que, en ciencia, a veces el nombre de una cosa es solo un modo cómodo de señalar una pauta relativamente estable dentro de un flujo más complejo.

La importancia del paso hacia el reomodo, por tanto, no es meramente lingüística. Es una invitación a pensar de manera menos fragmentaria. Bohm creía que la fragmentación no era solo un problema de las teorías, sino también de los hábitos del pensamiento y del lenguaje. Si describimos el mundo exclusivamente como un conjunto de sujetos con propiedades, se nos escaparán con facilidad los procesos que los constituyen. En cambio, si damos más relevancia al verbo, al acontecer y a la relación, se vuelve más fácil imaginar una realidad en la que las formas no son bloques definitivos, sino momentos relativamente estables de una totalidad en movimiento. Para la ciencia, eso puede ser muy valioso, porque muchas de sus fronteras actuales no piden más rigidez conceptual, sino más capacidad para pensar lo móvil, lo relacional y lo emergente.

Sopa de letras: LA IMPORTANCIA DE LA GRAMÁTICA EN CIENCIA

Soluciones: CUANDO EL PELIGRO NO TIENE NOMBRE