Columnas
Desde que el ser humano comenzó a observar la Naturaleza, las plantas han sido aliadas indispensables para combatir el dolor y la enfermedad, descubriendo, a través de la experiencia, cuáles podían curar y cuáles debían evitarse. Detrás de esos efectos se escondía un conjunto de compuestos químicos muy especiales - los alcaloides - que en las plantas cumplen funciones de defensa frente a herbívoros o parásitos, mientras que para el ser humano han sido una fuente de remedios, aunque, en ocasiones, también de venenos.
Esa doble cara - curar o dañar - los ha convertido en protagonistas de historias que han suscitado fascinación y temor, como es el caso de la fisostigmina - principal alcaloide presente en el haba de Calabar -, que actúa como inhibidor reversible de la enzima acetilcolinesterasa provocando una serie de efectos adversos, e incluso la muerte, cuando es suministrada en dosis elevadas.
Desde tiempos antiguos, las tribus nativas de la región de Calabar (sureste de Nigeria) conocían los efectos letales de esta semilla por lo que se convirtió en un instrumento ritual para probar la inocencia o culpabilidad en los juicios por brujería u “ordalías”. De ahí que cuando alguien era acusado de practicar brujería o cometer un crimen, se le sometía a la prueba del haba, consistente en que el acusado debía ingerir una pasta preparada a partir de la semilla, de manera que quienes morían eran considerados culpables y quienes sobrevivían, inocentes. La ordalía no era vista, pues, como un simple envenenamiento sino como un medio de invocar el juicio divino.
Cuando los exploradores y misioneros europeos llegaron a esta región quedaron horrorizados de este rito y las autoridades coloniales británicas decidieron erradicarlo. Sin embargo, la misma semilla que era condenada como instrumento de crueldad se convirtió en objeto de investigación farmacológica orientada al aislamiento del principio activo – la fisostigmina - y a su estudio como herramienta terapéutica, quedando pronto demostrada su aplicación médica en oftalmología, para el tratamiento del glaucoma. Posteriormente, también se exploró su uso en casos de intoxicación por anticolinérgicos, como la atropina, dado que puede revertir algunos de sus efectos.
La historia de la fisostigmina es un ejemplo más de cómo ciertos venenos naturales han servido de base para obtener medicamentos de gran valor y también ilustra de qué manera los contextos culturales otorgan significados distintos: la misma semilla y el mismo veneno, pero contemplado bajo el prisma de la ciencia.