Columnas
Retomo el título de un artículo que escribí en 1998 en plena campaña electoral al Rectorado de la Universidad de Murcia, en el equipo de José Ballesta. Fue una de las etapas más intensas y apasionantes que he vivido, gracias a la confianza que depositó en mí. Dicha columna arrancaba con el espíritu navideño y pasaba al deportivo y el Universitario que me inculcó profundamente mi padre, para, a partir de ahí, desarrollar nuestra idea de Universidad.
Pero esto es una columna de la Academia de Ciencias y la ciencia se centra en comprender el universo, analizando desde las fuerzas débiles y fuertes que regulan las “partículas” subatómicas, a las fuerzas electro-magnéticas y gravitacionales que determinan el mundo macroscópico y la estructura y dinámica de los planetas y las galaxias. Si hay algo que puede unificar los mundos subatómicos y macroscópico, la física cuántica, la newtoniana o la relatividad general, es comprender que todo está regulado por campos y estados de energía, que entrelazan unidades físicas de distinta naturaleza, a todas las escalas espacio-temporales. Dichos campos generan vínculos, flujos de energía, crean estructuras con propiedades emergentes, e incluso, al menos en los seres vivos, sistemas complejos adaptativos con capacidad de gestionar información, generar sinergias, pensar, sentir y establecer relaciones que mueven la evolución, las adaptaciones al entorno, la capacidad de independizarse del mismo, autorregular desajustes o presiones externas y proyectarnos hacia el futuro, teniendo claro que, probablemente, este no es resultado de un flujo, sino simplemente una localización en el espacio-tiempo.
El científico José Ballesta, investigando en la estructura de la pared celular; el Rector Ballesta, gestionando una universidad que engendró a la UPCT con un futuro sin límites, y afrontando momentos convulsos y de crecimiento en la cultura, la internacionalización, la financiación y las nuevas leyes de regulación universitaria con sistemas electorales que abrían la puerta a la politización de la Universidad; o el Alcalde Ballesta, administrando un municipio complejo, con 55 pedanías heterogéneas y con numerosas necesidades, donde la gestión inteligente de los recursos escasos es esencial; ha hecho grandes cosas. En todos los casos ha dejado, obras materiales, artículos científicos, edificios universitarios, infraestructuras urbanas.
Él valoraba muy especialmente estos legados, relativamente perdurables y tangibles. Ahí han quedado para hacer progresar la ciencia y mejorar la calidad de vida y los adyacentes posibles de todos los que los usan. Pero me quedo con lo que para mí ha sido su mayor contribución, el Espíritu que lo movió en toda su actividad. Un Espíritu que, asumido desde la inteligencia, lo movió a hacer lo correcto, lo mejor para todos y que, como campo de fuerzas único, aunó voluntades, marcó el curso de su vida y de la de los muchos que interactuamos con él. Ese es su gran legado. En nuestras manos está no perderlo y no dejar que se debilite.