Columnas
Si bien es cierto que, a lo largo de la historia, la mujer ha desempeñado un papel muy relevante en el avance de la Ciencia, no es menos cierto que en numerosos casos, y aunque hoy nos resulte sorprendente, encontraron serias dificultades para que sus méritos y contribuciones no fueran opacados por los de sus compañeros varones.
Un ejemplo de ello es la Dra. Dora Richardson, miembro “olvidado” del equipo de investigación, dirigido por el Dr. Arthur Walpole, en la farmacéutica “Imperial Chemical Industries (ICI)”, responsable de la síntesis química del tamoxifeno, dentro de un programa de investigación orientado al descubrimiento de una “píldora del día después”. Curiosamente, y aunque los ensayos clínicos demostraron un fracaso total de esta molécula como fármaco anticonceptivo – lo cual casi provocó la cancelación del mencionado proyecto -, sí demostraron que los tumores con receptores de estrógeno positivos respondían al tratamiento con este nuevo fármaco, lo que despertó el interés mundial por este medicamento (aprobado en 1974 en Gran Bretaña y en 1977 en EEUU) convirtiéndose, desde entonces, en uno de los puntales de la terapia contra los cánceres de mama estrógeno-dependientes y marcando, en los años 70, el inicio del uso de terapias hormonales en el tratamiento de esta enfermedad que, en esa época, no eran percibidas como terapias de primera línea.
Afortunadamente, estas situaciones han ido desapareciendo a lo largo de las últimas décadas debido a que, desde las instituciones públicas, han surgido iniciativas que reconocen el papel fundamental desarrollado por las mujeres en el ámbito de la investigación científica. Un ejemplo de ello es la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas (diciembre de 2015) que declaró el 11 de febrero el “Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia”, efemérides que, este año, se celebrará el próximo martes.