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null Discurso de Enrique Cerdá Olmedo

Ceremonia de constitución de la Academia de Ciencias.

Discurso del conferenciante invitado, Dr. Enrique Cerdá

Excelentísimo Sr. Presidente, excelentísimas e ilustrísimas Autoridades, ilustrísimos Académicos, Señoras y Señores

Estamos viviendo un acontecimiento que no tiene precedentes, que yo sepa, en los muchos miles de años de vida civilizada en este lugar. Nace hoy la Academia de Ciencias de la Región de Murcia, un parto múltiple, en cuya concepción declaro no haber tenido parte alguna.

A falta de una definición precisa de mi función en este momento, permítanme que comparezca brevemente como un astrólogo llamado junto a la cuna de la Academia. Señalaré que el acontecimiento extraordinario e inaudito de este salón tiene un reflejo, ahora mismo, en el firmamento, y que si no se prolonga mucho este acto podrán Vdes. ser testigos parciales de ese acontecimiento mirando al oeste. El Sol está, como corresponde a estas fechas, en la constelación de Géminis. Lo extraordinario es que en la misma constelación y su contigua, Cáncer, están reunidos en magno concilio todos los astros de los que se ocupó la astrología clásica. La Luna está en conjunción con Venus más o menos a estas horas, haciendo la hermosa figura que algunos países llevan en sus banderas. Muy cerca, un poco más abajo a la derecha, podrán ver a Júpiter y siguiendo la misma dirección, a Marte, desvaído por la luz del crepúsculo. Saturno y Mercurio acompañan al Sol en Géminis, se han puesto con él, e inútilmente hubieran pretendido competir con su brillo antes del ocaso. Una reunión tan apretada de los siete astros, que son también los siete dioses principales de nuestra antigüedad y los siete días de la semana, es muy poco frecuente, dada su probabilidad de menos de una diezmilésima, y si además se pide que la Luna nueva y los tres planetas principales sean visibles al anochecer, la probabilidad desciende a solo una millonésima. Por buen concepto que tengan de la impecable planificación del Gobierno murciano, convendrán conmigo en no atribuirle tal mérito.

No debe sorprender que una coincidencia tan notable entre un hecho astral y otro terrestre excite la imaginación. La Luna representa las veladas de estudio de los nuevos académicos, su conjunción con Venus les augura trasnoches felices, la vecindad inmediata de Júpiter garantiza el apoyo decidido del poder político y la de Marte la seguridad. Mercurio, vecino invisible, proveerá los fondos necesarios con discreción y la presencia oculta de Saturno quiere decir que, si los académicos han de devorarse entre sí o a sus hijos, como por desgracia ocurre en algunas Academias, lo harán sin estruendo.

No me hagan caso. La proximidad de la Luna y los cinco planetas a la línea definida por la Tierra y el Sol no puede tener efectos sobre nuestras vidas y se han publicado estudios estadísticos serios que niegan valor a las predicciones de los astrólogos, incluso los tenidos por competentes.

Una de las funciones de la Academia es debatir y desacreditar falsedades. Los mismos argumentos, carencia de un mecanismo plausible de acción y resultados experimentales en contra, invalidan innumerables habladurías, a veces bien disfrazadas, como la homeopatía o los efectos de los campos electromagnéticos sobre los chicos de las escuelas. No se crea que se trata solo de mercancías innocuas que intercambian charlatanes y crédulos. El imperio de la razón es frágil y reversible, como demostró la crisis del mundo antiguo y como vuelve a demostrar la sangre que corre a un centenar de millas de las costas murcianas, y en el otro extremo del Mediterráneo y en tantos otros lugares de nuestro mundo.

No quiero asistir a este parto como comadrona intelectual, aunque esa función fuera reivindicada por Sócrates. Una Academia es una institución dialogante y hace bien en copiar el nombre de aquella institución ateniense que practicó sistemáticamente la dialéctica. Pasados los tiempos en que cabía afirmar sin sonrojarse, con Agustín de Hipona, que la verdad habita dentro de nosotros y que no se ha de ir a buscarla fuera, no cabe esperar que baste el cruce de preguntas y respuestas para producir conocimiento. Esta Academia no puede aportar nuevos conocimientos sobre la naturaleza, porque no aspira a poseer los medios de observación y experimentación que serían necesarios. Ningún colectivo puede generar las ideas con las que se aspira a entender la naturaleza, porque la comunicación entre cerebros es tan ineficaz que las ideas nacen siempre en cerebros aislados. Piénsese en ideas nacidas en distintos tiempos y distintos ambientes, como las de electrón, flogisto, gen, dios, raíz cuadrada, mónada. La Academia debe ser un centro activo de comunicación y discusión. No debería dejar de dedicar varias horas al mes a oir y comentar presentaciones hechas por sus propios miembros o por sus invitados, tanto en sesiones públicas como privadas.

Ya que no sirvo de astrólogo, ni de comadrona, ni siquiera de hada madrina, y mucho menos de hada malvada, espero que no me pidan que les resuma en unos minutos la Historia de la Ciencia, porque para eso disponen de gruesos tratados que habrán de ilustrar a quienes consigan dominar el sueño. Menos aun aceptaré el papel de futurólogo, porque no quisiera dejarme arrastrar a controversias en ocasión tan festiva.

El futuro, al hacerse presente, se burla de planificadores y futurólogos. Murcia ha vivido durante varios siglos de una biotecnología, la producción de seda, como reflejó Cervantes: “Habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”. Wilhelm von Humboldt, el hermano listo, que habría de tener un papel tan esencial en el desarrollo de la Universidad moderna, visitó Murcia en 1800 y le llamaron la atención las moreras y los gusanos, aunque no la calidad del producto. Hace siglo y medio la “Guía de España”, de Mellado, informaba de que “el principal esquilmo y provecho es el que se saca de la seda, fruto de que se sustenta toda la ciudad”. Cuando aparecieron los planificadores de ciencia, se creó el Instituto de Sericicultura, que desapareció pronto, como la cría del gusano y la producción de seda, víctimas de las fibras sintéticas y de la concurrencia de otros países.

Cabe imaginar un futuro feliz en el que toda la Tierra haya alcanzado un nivel parecido y digno de desarrollo. Mientras llega, los pueblos que no dispongan de grandes recursos no podrán vivir bien sin tener una ventaja científica y técnica que les permita mantenerse por delante de los competidores y hacer frente a continuos imprevistos. Tenemos que estar dispuestos a cambiar de rumbo y a hacer propios en muy poco tiempo los progresos de los demás.

No hace ni medio siglo desde que sesudos cerebros propusieron para desarrollar los arenales del sur de España plantarlos de guayule, Parthenium argentatum, pero nadie supo anticipar el éxito de las fresas, porque a nadie se le había ocurrido que estas plantas perennes pudieran convertirse en cultivos estacionales, ni tampoco pudieron anticipar otros éxitos de la agricultura regional, como los cultivos bajo plástico. Habrá que convenir que la planificación del futuro es arriesgada y que no conviene apostarlo todo a las preferencias, las adivinanzas o las corazonadas de nadie.

Parece lógico pensar que una región como Murcia debería concentrarse en apoyar investigaciones que beneficien concretamente a su sociedad y que las investigaciones de interés universal deberían ser financiadas con fondos de entidades más amplias, idealmente las Naciones Unidas, pero si no, la Unión Europea o el Gobierno español. Para convencerse de lo contrario hay que considerar a quién beneficia un descubrimiento universal, pongamos por ejemplo, el teorema de Pitágoras o, más cerca de nosotros, la demostración de la conjetura de Fermat. Independientemente del provecho que se pudiera extraer de esos conocimientos se da un efecto beneficioso exclusivamente local: la transformación de los cerebros de los descubridores, de sus colegas y de sus discípulos, fueran agrimensores sumerios, filósofos griegos o matemáticos ingleses. Los cerebros modificados por la gimnasia intelectual quedan dispuestos para abordar todo género de problemas nuevos y para asimilar rápidamente y aprovechar en el entorno local los descubrimientos que se hagan en cualquier otro lugar.

Se puede demostrar que los mejores resultados, no solo intelectuales, sino económicos a medio plazo, provienen de investigaciones no muy caras, desarrolladas por el mayor número posible de científicos independientes, conocedores por experiencia propia de la ciencia de otros países, a los que se deje trabajar en libertad guiados por su curiosidad y por su olfato. Para disponer de ese capital humano hay que saber atraerlo y retenerlo.

Esta Academia debe contribuir a crear un ambiente productivo y agradable que contrarreste la llamada de las lejanías a la que han sucumbido los mejores cerebros murcianos de todos los tiempos. El problema es antiguo, que ya Ibn Arabí, de Murcia, e Ibn Sabín, de Ricote, probablemente los mejores cerebros de la Murcia musulmana, emigraron en busca de la protección de príncipes orientales, como los de Siria y Yemen, respectivamente. Se puede admirar la ingente obra de Ibn Arabí, y sobre todo sus dotes poéticas, sin dejar de sentir que una enfermedad gravísima que sufrió de joven en Sevilla le transtornara el seso tan profundamente que cayó de golpe en los mayores desvaríos místicos, mucho mayores que los que sufren otros místicos después de privar de aminoácidos a sus neuronas durante mucho tiempo.

También dejó la región mi murciano favorito. Me refiero a Lucas, el dechado de gracia y de ingenio que creó Pedro Antonio de Alarcón para el empleo de Molinero en su “Sombrero de tres picos”. Y lo traigo a colación no solo para lamentar la emigración de los mejores murcianos, sino para presumir de que nací a cincuenta metros del lugar de nacimiento del escritor y en un entorno que se parece mucho más a los valles interiores de Murcia que a la mayoría de Andalucía.

 Sé apreciar, por tanto, el atractivo de esta región tanto o más que Wilhelm von Humboldt, que encontró a Murcia, por su clima, su situación y sus productos, una de las ciudades más agradables de España o que Juan de Mariana, para quien Murcia representaba un paraíso en la Tierra. Es esta una baza inestimable para atraer inversiones en ciencia y tecnología de toda Europa. Para conseguirlo es preciso estimular la creación científica local y eso es bastante más fácil y bastante más barato de lo que suele creerse.

Ingredientes esenciales son el juego limpio, el buen trato y la confianza, que no excluyen la severidad para quienes se hagan indignos de ellos. En mis años en Estados Unidos nunca tuve que demostrar ser doctor, ni ningún otro aspecto de mi currículo. Si hubieran tenido dudas, la administración hubiera hecho algunas averiguaciones discretas y, si me hubiera encontrado en falta, me hubiera perseguido como a un estafador. Un investigador inglés que conozco tiene pendiente una solicitud en cinco folios para una ayuda a la investigación de dos millones de libras. El martes pasado, para solicitar a la Junta de Andalucía una ayuda de doce mil euros, como máximo, presenté unos doscientos folios, sin contar las copias, y eso que se trataba de una solicitud simplificada, para actualización de datos. Obsérvese que el rendimiento potencial de la solicitud británica es unas diez mil veces mayor que el de la española. Además hay que tener en cuenta los costes. Durante el tiempo en que un becario produce una tesis doctoral de doscientos folios, los investigadores andaluces entregan a su Moloch particular un millón de folios. Muchas oficinas españolas, como muchas organizaciones que se dicen caritativas, gastan más en funcionamiento interno que en las acciones externas con las que justifican su existencia.

La nueva Academia ofrece a los poderes públicos una ocasión de demostrar confianza en la comunidad científica. Un presupuesto austero permitiría a los académicos organizar actividades a las que no se presta la anquilosada maquinaria universitaria. Reciba el consejero a los académicos una vez al año, infórmese de su labor y, si no le parece rematadamente mal, aumente ligeramente el presupuesto del año siguiente. Pero, por favor, no pretenda volverlos locos con solicitudes y justificaciones, porque solo conseguirá volverlos inútiles.

Un paso más y mejor sería dejar que la comunidad científica gestione una parte significativa del presupuesto de ciencia y tecnología. Un buen modelo a copiar, porque ha dado excelentes resultados, es el de la Deutsche Forschungsgemeinschaft. Una pieza esencial en las decisiones sería una pequeña comisión de científicos que se renovara a sí misma con frecuencia. Utilizar la Academia como cantera de esa comisión permitiría separar sus decisiones de las luchas políticas y hacerlas más sensibles a las necesidades reales de la Comunidad.

Confío en que esa propuesta también permitiera evitar las tentaciones de gigantismo. El rey Alfonso el Sabio, cuyo corazón y entrañas vinieron a la catedral de Murcia, puede servir de arquetipo, y arqueotipo, de ciertos científicos actuales. Organizó un gran círculo de becarios y contratados que abordaron multitud de aspectos de la creación intelectual y artística de su época e hicieron tantas publicaciones que se puede sospechar que su autor nominativo tal vez ni las leyera. Muchas tendencias de la ciencia actual favorecen el gigantismo. En mi especialidad, la Genética, el acopio de secuencias genómicas y el estudio colectivo y en gran escala de genes y proteínas. Una vez desarrollados los métodos, reunir esas informaciones se convierte en una actividad rutinaria. Los resultados son unas herramientas utilísimas, como fueron hace un siglo los mapas topográficos, pero no eximirán del trabajo científico personal de tradición artesana, que tan buenos resultados sigue dando.

Abre el nacimiento de esta Academia una vía al futuro. Confío en que esta Academia, por su composición inicial, tenga un talante evolutivo más rápido que otras y que se resista a tomar decisiones que petrifiquen su estructura. Una de ellas, muy frecuente en otras academias, sería repartir sus plazas por disciplinas o materias, sujetas a un cambio rápido en el devenir de la ciencia, u organizarlas por secciones, que acabarían convirtiéndose en pequeños grupos de interés y discordia. Un aspecto en el que espero una evolución rápida es la distribución de sexos en la Academia. Creo que la mejor forma de evitar la discriminación por sexo, como la de color de ojos, es no registrarla en ningún sitio ni tenerla en cuenta para nada. Las únicas respuestas sensatas en la casilla “Sexo” de los formularios son “¡Sí!” o “No, gracias!” Pero la distribución de sexos en esta Academia es demasiado asimétrica para pasarla por alto. Aceptando la distribución encontrada en grupos de hermanos, se le atribuiría una probabilidad de una millonésima. Hago votos para que el cambio rápido que vive nuestra sociedad a este respecto se refleje pronto en la composición y la vida de la Academia.

Los nuevos académicos reunen un millar de años de estudios y trabajos especialmente fructíferos. Constituyen un acervo impresionante de experiencia y de capacidad. Espero que sean capaces de ponerlos al servicio de esta Comunidad y que la Comunidad sepa hacer buen uso del tesoro de que dispone.

Gracias por invitarme. Gracias por escucharme. He dicho.