Pensándolo bien...

null ALQUIMIA CONTEMPORÁNEA

Durante siglos, la alquimia persiguió uno de los sueños más persistentes de la imaginación humana, cual es transformar metales comunes en oro. Aquella aspiración, que hoy puede parecer ingenua, no era solo una búsqueda material de riqueza. En la tradición alquímica, el oro representaba también perfección, incorruptibilidad, plenitud espiritual y culminación de un proceso de purificación. La transmutación de los metales era, al mismo tiempo, una metáfora de la transformación interior del alquimista. Convertir el plomo en oro significaba, en última instancia, elevar lo grosero hacia lo noble, lo oscuro hacia lo luminoso, lo imperfecto hacia lo perfecto.

La ciencia moderna desplazó esa visión simbólica hacia un terreno experimental. La química demostró que los elementos no se transforman unos en otros mediante mezclas, hornos, destilaciones o reacciones ordinarias. El oro no podía obtenerse calentando mercurio, azufre o plomo, porque la identidad de un elemento no depende de su apariencia ni de sus propiedades externas, sino del número de protones de su núcleo. El oro tiene 79 protones; el mercurio, 80; el plomo, 82. Mientras no se modifique el núcleo atómico, no hay verdadera transmutación elemental. Por ello, la alquimia clásica fracasó como técnica material, aunque dejó una herencia simbólica, cultural y filosófica inmensa.

Sin embargo, la física nuclear del siglo XX abrió una posibilidad inesperada, ya que aquello que la alquimia no pudo realizar por procedimientos químicos sí podía alcanzarse mediante reacciones nucleares. La transmutación dejó de ser una fantasía para convertirse en un hecho físico. Si se logra alterar el número de protones de un núcleo, un elemento se convierte en otro. En este sentido, la física contemporánea sí ha hecho posible la fabricación de oro a partir de otros elementos. Pero lo ha conseguido de una manera radicalmente distinta a la soñada por los alquimistas, ya que lo logra no mediante crisoles, símbolos herméticos y hornos filosóficos, sino mediante neutrones rápidos, reactores, aceleradores, isótopos, capturas electrónicas y desintegraciones radiactivas.

Uno de los ejemplos más citados se remonta a 1941, cuando R. Sherr, K. T. Bainbridge y H. H. Anderson, en la Universidad de Harvard, bombardearon pequeñas cantidades de mercurio con neutrones rápidos. El mercurio, cuyo número atómico es 80, puede transformarse en oro si el núcleo pierde un protón y queda con 79 protones. La operación, en términos conceptuales, parece sencilla: arrancar un protón al mercurio y obtener oro. Pero en la práctica se trata de un proceso complejo, costoso, poco eficiente y dependiente de condiciones nucleares muy específicas. Además, el oro producido en esos experimentos no era oro comercial en sentido ordinario, sino cantidades diminutas, muchas veces correspondientes a isótopos radiactivos.

La alquimia contemporánea, por tanto, existe, pero no como industria rentable. La física puede transmutar elementos, pero el precio energético, instrumental y económico de hacerlo convierte la producción artificial de oro en una curiosidad científica más que en una vía práctica de enriquecimiento. La paradoja es hermosa, porque la humanidad ha conseguido fabricar oro, pero hacerlo cuesta mucho más que extraerlo de la tierra. La naturaleza, en este caso, sigue siendo más económica que la tecnología humana.

Un planteamiento más reciente se apoya en el mercurio-196, un isótopo estable pero muy escaso. Al capturar un neutrón, el mercurio-196 puede convertirse en mercurio-197, que es radiactivo. Este, mediante captura electrónica, puede transformarse en oro-197, el isótopo estable del oro natural. La reacción resulta conceptualmente atractiva porque conduce a oro viable. En términos simplificados, el mercurio recibe un neutrón, se convierte en un isótopo inestable y acaba decayendo hacia oro. La captura electrónica consiste en que un protón del núcleo captura un electrón y se transforma en neutrón, emitiendo un neutrino electrónico. Al disminuir el número de protones de 80 a 79, el mercurio deja de ser mercurio y se convierte en oro.


                                             Imagen creada con ayuda de ChatGPT con DALL-E

Pero los obstáculos son enormes. El mercurio-196 representa solo una fracción muy pequeña del mercurio natural, alrededor del 0,15 %. Para obtener una cantidad apreciable de ese isótopo habría que separar isotópicamente el mercurio, proceso ya de por sí costoso. Incluso partiendo de decenas de kilogramos de mercurio natural, la cantidad efectiva de mercurio-196 disponible sería muy reducida. La estimación citada en el planteamiento de partida indica que 30 kilogramos de mercurio natural contendrían apenas unos 40 gramos de mercurio-196, a partir de los cuales podrían obtenerse cantidades ínfimas de oro al año, del orden de cientos de miligramos.

A ello se suma la necesidad de disponer de una fuente intensa y controlada de neutrones rápidos. No basta con tener mercurio; es preciso bombardearlo en condiciones nucleares adecuadas. Eso implica instalaciones complejas, blindajes, energía, control radiológico, materiales específicos y una tecnología que pertenece al ámbito nuclear avanzado. Cada átomo de oro producido requiere, idealmente, la intervención de un neutrón. Como un gramo de oro contiene del orden de 10²¹ átomos, la magnitud del problema se vuelve inmediatamente evidente. Aunque el cálculo energético ideal pueda expresarse en miles de kilovatios hora por gramo, la realidad es mucho peor, porque ningún proceso real es perfectamente eficiente. Se pierden neutrones, se producen reacciones secundarias, se generan isótopos no deseados y se necesita mantener toda la infraestructura.
 

Por eso, el oro nuclear es posible, pero económicamente absurdo. Su coste puede alcanzar valores inmensamente superiores al precio del oro natural. La vieja ambición alquímica se enfrenta así a una ironía moderna, ya que la ciencia puede cumplir el sueño, pero al hacerlo revela que el sueño no era práctico. La transmutación existe, pero no resuelve el deseo de riqueza. La tecnología demuestra su poder, pero también sus límites. No todo lo posible es razonable; no todo lo técnicamente alcanzable es útil; no todo avance científico se convierte en proceso industrial.

La alquimia contemporánea tiene, por ello, un doble significado. En sentido estricto, es física nuclear aplicada a la transmutación de elementos. En sentido cultural, es una lección sobre la relación entre imaginación, conocimiento y límites materiales. Los alquimistas antiguos no sabían de protones ni neutrones, pero intuían que la materia escondía profundidades invisibles. La ciencia moderna ha penetrado esas profundidades y ha descubierto que la identidad de los cuerpos reside en estructuras mucho más íntimas que sus cualidades sensibles. El color amarillo del oro, su brillo y su resistencia a la corrosión no son meros accidentes: emergen de una arquitectura atómica y electrónica precisa.

La gran diferencia es que la alquimia tradicional buscaba una vía secreta, casi espiritual, mientras que la alquimia nuclear se funda en medidas, ecuaciones, reactores y balances energéticos. Una prometía la piedra filosofal; la otra ofrece secciones eficaces, probabilidades de reacción, rendimientos y costes. Sin embargo, ambas comparten una misma fascinación: la idea de que la materia no es fija, de que puede transformarse, de que bajo la apariencia estable del mundo existe un dinamismo profundo.

Hoy sabemos que los elementos se forman naturalmente en estrellas, supernovas y colisiones de objetos cósmicos. El oro que llevamos en un anillo o contemplamos en una pieza de orfebrería procede de procesos astrofísicos violentos, anteriores a la formación de la Tierra. En ese sentido, todo oro es ya resultado de una alquimia cósmica. La física nuclear no ha inventado la transmutación: simplemente ha aprendido a reproducir, en escala diminuta y costosa, algunos procesos de transformación de la materia.

La conclusión es clara: sí, la ciencia contemporánea puede fabricar oro a partir de mercurio u otros materiales adecuados. Pero no puede hacerlo de manera rentable, abundante ni sencilla. La transmutación nuclear es real, aunque industrialmente inviable para producir riqueza. La alquimia, derrotada como técnica antigua, renace como símbolo moderno y nos recuerda que el conocimiento humano puede alcanzar lo que antes parecía imposible, pero también que la verdadera sabiduría consiste en distinguir entre poder hacer algo y que merezca la pena hacerlo.

Sopa de letras: ALQUIMIA CONTEMPORÁNEA 

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